Carne doliente
Un ensayo filosófico, científico y personal sobre la experiencia del dolor
El dolor incapacitante en la espalda de un filósofo detona en él un enigma: ¿en qué consiste realmente aquello que nos duele? Aunque la ciencia y la filosofía tienen sus propias perspectivas del asunto, parece necesaria la creación de nuevas categorías para definir la experiencia del ser doliente, más allá de la emoción y la sensación.
POR David Fajardo Chica
Ilustración de Solaris
Trató de ponerse más cómodo para gobernar el bote y por su dolor se dio cuenta de que no estaba muerto. —Ernest Hemingway, El viejo y el mar
Al despertar, el dolor seguía ahí. Intenté moverme con la ingenua esperanza de que se hubiera ido. No fue así. Sufría aquella experiencia incapacitante sin haber tenido un accidente de espalda, columna o cadera. Oscilaba entre la perplejidad y el terror. Sentí miedo por la ausencia de comprensión. No solo descubría parajes desconocidos de mi propia conciencia con cada día que pasaba, también sentía la compañía de una presencia extraña. Cultivé una actitud de apasionada curiosidad por la bestia que observaba dentro de mí. Supe que podía llegar a comprender la rareza de mi dolor.
Rodé por la cama hasta dejarme caer al suelo. No podía estar erguido, flexionar la espalda ni levantar la cadera. Mi propia carne me resultaba ajena, desobediente. No reconocía el horizonte de mi cuerpo ni tampoco las rutas que tenía a mi alcance. Sentí como si observara de cerca a una alimaña incomprensible. El entendimiento a menudo proviene de la clasificación. Concederle a lo novedoso un lugar dentro del mundo ya conocido nos permite aprehenderlo. Me imaginé ser uno de esos naturalistas ingleses del siglo xix que, asombrados, buscaban dar coherencia al conjunto de los vivientes.
El reto no era menor. Sentí cercana la historia de David Collins, quien avistó por primera vez un ornitorrinco en los lagos de Nueva Gales del Sur, en Australia. El animal semejaba un topo grande, tenía garras afiladas, patas palmeadas y membranas entre los dedos. La zozobra científica emergió luego de descubrir que los ornitorrincos ponen huevos a la vez que amamantan a sus crías. Principios básicos de la taxonomía de la época entraron en tensión: no se sabía cómo clasificarlo. Si un animal produce leche es porque alumbra crías vivientes, es mamífero; si pone huevos podría ser de sangre caliente, como las aves, o de sangre fría, como los reptiles. ¿A qué categoría pertenecía? La bestia de Collins oponía resistencia a las mallas conceptuales de la época.
El afán de categorizar no es un capricho de nuestras mentes. Emparejar las cosas de nuestro alrededor con los conceptos nos permite ordenar, predecir y controlar nuestro entorno. Mientras no supiera cómo entender la experiencia que atravesaba gracias al dolor, no sabía qué esperar. ¿Podría hacer planes para la tarde?, ¿para las próximas dos semanas? ¿Simplemente debía ignorarlo? ¿Tendría fin?
Clasificar el dolor no es fácil. La naturaleza no suele ser dócil en nuestra búsqueda de encasillar. Piénsese en las ballenas: imponentes animales equipados con aletas y cola que viven en las honduras del océano. ¡Cualquiera diría que son peces! Pese a ello, preferimos catalogarlas como mamíferos. Las ballenas suelen alumbrar a un ballenato vivo al que alimentan con leche materna. Nuestro conocimiento revela propiedades profundas que permiten mejorar el calado de las clasificaciones. Por lo que se refiere a lo mental, procedemos de igual manera. ¿Qué tomar en cuenta para ubicar el dolor dentro de nuestro entendimiento de la mente? Que se experimenta en el cuerpo, que captura la atención, que promueve acciones y quietudes, que es intermitente o perenne, que es como una corriente que tensa, que delata un cuerpo en predicamentos, que altera emociones y el caudal de pensamientos.
El naturalista dentro de mí hacía sus primeros avistamientos. Sorprendido, no contaba con palabras para clasificar lo que me estaba pasando. Pensé en mi dolor de muchas formas. En ocasiones, lo tomaba como una ilusión consciente, una experiencia que flotaba sin anclarse en la realidad. Otras, con más preocupación, sentí que mi conciencia tomaba contacto con el hecho de que mi cuerpo sufría algún daño. Frecuentemente albergué la sospecha de que, mediante el dolor, mi psique se imponía a sí misma el deber de hacer algo con la materia orgánica que encarna. El dolor me movía a hacer algo distinto con mi cuerpo, salir de mis hábitos y abandonar ciertas metas. Aun cuando la orden era la quietud, me empujaba.
No me preguntaba por la naturaleza fisiológica de mi padecimiento; luego tendría tiempo para eso. En su lugar, me inquietaba la razón de su presencia. Siendo el dolor una expresión de mi mente, ¿qué pretensiones perseguía a través del dolor? Quizás simplemente no tenía acceso a la respuesta. Con frecuencia, el funcionamiento de la mente escapa a nuestra conciencia. Tradiciones de la psicología opuestas, pero tal vez no excluyentes, saben bien de ello. Por la vía del psicoanálisis, Sigmund Freud dio el primer paso al convencer a generaciones de que, a diferencia de lo que dictaba la tradición, nuestro comportamiento, en buena medida, se debe a motivaciones inconscientes. La ciencia cognitiva, por otra parte, explica capacidades psicológicas echando mano de operaciones que tienen lugar en un nivel distinto al de la vida mental consciente. La visión, la memoria, el razonamiento, la adquisición del lenguaje, entre otras, son el resultado de numerosos procesos que ocurren a pesar de que no estemos al tanto de ellos.
Sensación
Con todo y que sospechaba que en mi dolor había más de lo que podía sentir, entendí que no hay otro punto de partida para los dolientes que el de su experiencia. Saul Kripke fue el filósofo que trajo de vuelta el interés por la metafísica en la filosofía analítica. En sus conferencias, recopiladas en el libro El nombrar y la necesidad, Kripke interpretó al dolor como una sensación bruta, un retazo del sentir consciente. Tal concepción parte de un punto indiscutible. Lo característico del dolor es cómo se siente. ¿No es eso lo que nos hace seres dolientes? En filosofía, hablamos de la fenomenología de una experiencia para referirnos a ese aspecto cualitativo y subjetivo de nuestra vida mental. El dolor se siente de una manera, pero, cuando duele, ¿solamente sentimos algo? ¿Es una sensación sin más o trae consigo un mensaje adicional? Esta pregunta es filosófica y la trataremos de esa manera, sin perder de vista adónde nos lleva.
El dolor se siente. Pero, ¿qué significa que una experiencia solo se sienta? Consideremos un contraste. Puedes frotar tus ojos ahora mismo y tener una experiencia visual que conocemos como fosfenos. Está en tu campo de visión, es algo perceptible visualmente. Sin duda es, pues, una sensación. Sin embargo, al leer un libro tienes otras experiencias visuales que, además de sentirse de cierto modo, también tratan acerca de algo que hay en el mundo. Tu sensación del libro, la blancura del papel, el negror de las letras, esa particular manera visual de sentirse, tiene que ver con un objeto que está frente a ti. Además, en parte es producida en ti por el objeto externo a tu mente con que te relacionas ahora mismo. Sí, el dolor se siente. Bien podría ser una sensación sin más –como los fosfenos– o bien podría tratarse de algo más –como cuando ves un objeto en frente–.
Si el dolor que experimentaba era solo una sensación, entonces debía sentirse de forma similar a otros dolores. Toma una breve pausa para acompañarme en esta pregunta. ¿Todos tus dolores se han sentido igual? Mi propio examen me lleva a pensar que no. Lo que sentía al estar acostado y tratar de levantar la cadera, sin poder hacerlo ni un centímetro, era distinto a uno que podría haber sentido en el pie por pisar descalzo un clavo, o a otro en el estómago, luego de comer algo en mal estado. Podría pensarse que aquello común a estas experiencias es que se sienten dolorosas, pero tal respuesta es un vagar en círculos: lo que nos interesa es determinar en qué aspecto son similares, más allá de ser ellos mismos dolores.
Cada uno describe de forma particular lo que siente cuando le duele. He ahí uno de los obstáculos en la comunicación de nuestros padecimientos corporales. El Cuestionario del Dolor de McGill, que toma su nombre de la universidad canadiense en la que se desarrolló, es una herramienta diseñada para facilitar la comunicación entre pacientes y el personal de salud en cuanto a la índole y el tipo de los malestares. La versión en español de este cuestionario incluye más de sesenta términos que describen cualidades del dolor. Repasar su lista me permitió dimensionar mi propia experiencia dentro de la inmensa variedad de dolores que no sentía.
Se reconocen allí dolores fríos, calientes y ardientes. Dolores que se sienten como pinchazos, punzantes, penetrantes y agudos. También los hay pesados, tirantes como un desgarro y tensos. Otros simulan un entumecimiento, un pellizco, un agarrotamiento, un calambre, un espasmo, un retorcijón o una opresión. Los hay superficiales, difusos, que irradian, fijos, internos y profundos. Algunos se identifican por parecerse a sensaciones táctiles o de adormecimiento. En otros casos se siente un picor, un hormigueo, unas agujetas, un escozor o una corriente eléctrica.
Quizás este listado de variedades se antoje excesivo. Hay franjas del espectro de lo doloroso que son difíciles de imaginar para ti y para mí. Eso lo aprendí al finalizar un seminario académico donde se habló de reportes de dolor frío y algún asistente dejó una nota a lápiz que rezaba: cold pain, wtf! [dolor frío, ¡qué m#$x$!]. La imaginación tiene límites frente a las experiencias dolorosas. Lo extraño de la bestia que comenzaba a vislumbrar provenía tanto de su naturaleza particularmente retorcida, como de la crédula mirada con que la contemplaba.
Percepción
Allí, en el suelo, todo el primer día escuché al dolor de ciática gritar que algo andaba mal con mi cuerpo. Al mensaje que la dolencia remitía se sumaba la incapacidad que me imponía y lo desagradable de la experiencia misma. Al reducir el dolor a una simple sensación, pasamos por alto las lecciones que comúnmente se pueden extraer de él. La intensidad del dolor me decía que había algo que debía atender, algo que solucionar. Solemos pensar que un cuerpo adolorido es también un cuerpo lesionado. Esta intuición ha guiado a quienes han intentado encasillar al dolor dentro de la categoría psicológica de la percepción: los estados de la mente que nos permiten entrar en contacto y comunicación con el mundo.
Al ver u oír tenemos sensaciones, pero además nos damos cuenta de lo que está sucediendo a nuestro alrededor. Cerca de mí, donde estaba el escritorio, veía mi computador, la puerta del cuarto. Afuera escuchaba a mis vecinos y el ruido de la podadora. Las capacidades perceptivas nos dan información del entorno en que nos desenvolvemos para movernos con un mayor grado de éxito. Percibimos en busca de actuar lo más adecuadamente posible, y actuamos para percibir mejor el mundo.
Sin duda, el dolor iba dejando lecciones a su paso. Sobre mí mismo, mi vulnerabilidad y la forma en que vivía mis días. Pero no estaba seguro de aprender algo sobre el estado de mi cuerpo mediante el dolor, o al menos no de forma directa. Hay quienes han pensado que, cuando la carne duele, percibimos una lesión. Así visto, el dolor cumple el papel de rastreador mental consciente del daño: un dañómetro. Similar a un velocímetro que, en lugar de indicar la velocidad de un bólido, informa sobre el daño corporal: según sea la lesión, se producirá un estado de dolor correspondiente.
¿Pero es eso lo que hace el dolor? Probablemente no. Tomemos el caso de las lesiones que no producen dolor inmediatamente. Este fenómeno se conoce como analgesia episódica. En 1982, Ronald Melzack, Patrick Wall y Tony Ty entrevistaron a un buen número de pacientes de la sala de urgencias del Hospital de Montreal para averiguar cuándo inició su dolor en relación con su lesión. De un total de 138 pacientes, 51 de ellos reportaron no haber sentido dolor en el momento de sufrirla.
[Un paciente] reportó que estaba asombrado de que no sintiera dolor. Afirmó que caminó hasta el lavaplatos de la cocina, limpió el tejido cortado, vendó el dedo y condujo su coche hasta el hospital. En el camino sintió sensaciones pulsantes de calor y reportó que sintió dolor solo después de entrar en la sala de urgencias.
Entendido como una alarma ante el daño, el dolor es una alarma bastante deficiente. La variación del dolor respecto de cómo lo sentimos permite afirmar que, si es un dispositivo que detecta heridas en el cuerpo, viene averiado de fábrica: a veces se enciende mucho después de lo ocurrido y en ocasiones ni siquiera arranca. No tiene la sensibilidad que todo buen dañómetro debería de tener, si fuera el caso que los animales lleváramos algo semejante instalado por dentro. Una idea común es que nos duele conforme a la lesión sufrida. Percibimos de manera diferente un atardecer soleado que uno gris y nublado. De ahí que también actuemos de maneras distintas al percibir cada cual. Gracias a ello, las capacidades perceptivas son útiles y confiables: nos producen experiencias distintas, en virtud de los estímulos que del mundo percibimos.

Mi dolor era punzante. No lo calificaba como caliente, opresivo, ni como un tirón. ¿Qué lección podía extraer de experimentar mi padecer de esta manera? En los años ochenta se popularizaron estudios que empleaban el ya nombrado Cuestionario del Dolor de McGill en pacientes con diferentes tipos de lesiones. Me aficioné a consultar artículos de las revistas científicas Pain y Neurology de esa época, cuando la efervescencia de la investigación clínica sobre la cualidad del dolor había alcanzado su culmen. Encontré un patrón en los resultados que iba en contra de mi intuición. El resultado me pareció fantástico.
Así como mi dolor era punzante, así –punzante– describían su dolor los pacientes estudiados con lesiones muy diversas. De entre los grupos estudiados, lo detallaron así:
... el 60 % de pacientes con enfermedad degenerativa del disco vertebral,
... el 84 % de pacientes con neuralgia postherpética,
... el 64 % de mujeres en trabajo de parto,
... el 35 % de pacientes fracturados,
... el 36 % de pacientes con un esguince,
... el 67 % de pacientes con dedos amputados,
... el 40 % de pacientes con dolores de cabeza tensionales,
... el 65 % de sujetos a quienes se les dan choques eléctricos en las encías,
... el 40 % con dolor de diente y encías inflamadas o necrotizadas,
... el 30 % de pacientes con artritis,
... el 45 % de sujetos a quienes les han sumergido las manos en agua helada y
... el 71 % de quienes tuvieron su mano en contacto con dispositivos de frío.
Mi experiencia mental no se correspondía con una condición corporal. Lo punzante de mi dolor no hablaba de una lesión determinada. Sentí compañía en la multitud de individuos que experimenta dolores punzantes debido a lesiones diversas y alivio al descubrir que no se trataba de una lesión en especial, como mi preocupación podría haberlo dictado. Mediante el dolor no podemos conocer la naturaleza de la herida; simplemente no se trata de ella.
Concluí que los acercamientos filosóficos clásicos respecto al dolor pasan por alto lo que profesionales de la salud atestiguan día a día. La evidencia clínica que revisé me condujo a reparar en que la naturaleza mental de lo que me ocurría iba más allá de cómo me sentía. No era una sensación, ni un detector, tampoco una descripción de una situación orgánica. No había aún clasificación para lo que me sucedía.
Emoción
A pesar de que se sentía diferente, mi dolor era similar a otros. A la vez que drenaba mi atención, neutralizaba mis intentos por ocuparme en otras actividades mentales. Imponía nuevas motivaciones en mí. Me enfocaba en la situación presente, en la parte afectada de mi cuerpo y en tratar de encontrar alguna solución. Generaba en mí la creencia de que necesitaba ayuda, el temor de que la situación empeoraría, así como el deseo de restablecerme. Pero, sobre todo, lo que experimentaba afectaba mi movimiento. Me prevenía de mover mi cuerpo de maneras que cotidianamente había dado por descontadas. Sentía como si hubiera olvidado qué cables halar para mover mi musculatura.
La forma en que el dolor imponía sobre mí esa restricción me permitía estimar sus diferencias respecto de la percepción. Esta no incita a quienes la experimentan de manera directa. Imagina que observas un pastel de chocolate sobre la mesa. Verlo no te moverá a actuar de alguna manera en específico. Lo que hagas o dejes de hacer dependerá de otros de tus estados mentales. Por ejemplo, si tienes deseos de comer dulce, si te produce miedo debido a su estado o su procedencia, o si sientes un hambre voraz. En contraste con el ver, cierto grado de dolor es suficiente para experimentar alguna imposición; su presencia nos mueve en alguna dirección.
Quizás en eso el dolor luzca como una emoción. Las emociones suelen entenderse a partir de un conjunto de características compartidas: se sienten de una manera dada, motivan expresiones faciales particulares, ofrecen una valoración de algo que está sucediendo, se comparten ampliamente entre animales humanos y no humanos, entre otras. Así, un rasgo clave es cómo las emociones manipulan nuestra atención. El sobresalto que produce ver un animal extraño en un callejón oscuro nos perturba a un nivel tal que toda nuestra atención es capturada por él. El miedo enfoca nuestra mente en la amenaza presente. El dolor hace algo similar. Dependiendo de su gravedad, capta nuestra atención para no soltarla más. Interrumpe el flujo de nuestros pensamientos al grado de ser incapacitante. Ata nuestra atención a aquello que el dolor, como emoción, promueve: la protección del cuerpo.
El dolor se ha pensado como una emoción homeostática muy básica. La homeostasis se refiere a los equilibrios que el organismo debe guardar para garantizar su preservación. Aunque son todos procesos automáticos, algunos, como la respiración o la sudoración, entre otros, no se experimentan como una sensación. Con todo, algunos otros sí pueden calificar como emociones básicas. El hambre, la sed, la fatiga, el deseo de orinar y defecar, o el de respirar, en caso de asfixia, todos ellos, además de sentirse de un modo especial, motivan al organismo a conducirse de ciertas formas en las que los equilibrios corporales son lo que prima. Sea comiendo, bebiendo, descansando, excretando o respirando, el organismo busca un estado corporal óptimo.
Al experimentar hambre o sed, somos conscientes de las acciones que hemos de tomar para procurarnos bienestar. En paralelo, al sufrir un dolor nos es revelado un plan de acción para evitar, proteger o recuperar de un daño al cuerpo. La incapacidad que produce un dolor se origina en el papel que desempeña en la preservación y la regeneración de los tejidos corporales. Cuando, por ejemplo, se trata de una lesión física, nos movemos de manera en que podamos cuidar el área lastimada y sanar pronto. En tal sentido, el filósofo Manolo Martínez ha propuesto que aquello que encontramos desagradable del dolor es similar a lo que hallamos desagradable en la experiencia de los olores insoportables. La molestia del dolor, así como de algunos aromas, nos orienta respecto a qué camino de acción es adecuado, habida cuenta de su presencia.
Esta reseña bastaría si nuestra experiencia con el dolor no lo revelara como un evento mental mucho más complejo. El hambre y la sed son apetitos básicos. Sin embargo, la forma en que la experiencia de dolor se amplifica, reduce o inhibe alza la sospecha de que su perfil psicológico es el de una facultad sumamente sofisticada. No solo se impone como un impulso de protección; su manifestación toma en cuenta la adecuación a las circunstancias. La gacela que huye del leopardo no experimentará dolor por más que su pata esté hecha trizas. El dolor impone su fuerza, pero a la vez encuentra la manera de contenerse, si esto conlleva la muerte.
Los médicos de guerra así lo observaron. El dolor no aparece de igual forma en el campo de batalla, en el hospital militar y en el de civiles. Henry Beecher atendió heridos en combate en el Norte de África, Italia y Francia durante la Segunda Guerra Mundial. Observó que los militares no expresaban dolencias del cuerpo por heridas que lo ameritaban. Propuso un factor adicional a la naturaleza de las heridas, que servía para ilustrar la diferencia en la experiencia entre unos y otros. Su hipótesis abrevó de cierta sabiduría antigua sobre el dolor: aquello distinto, que hace variar la experiencia, es el significado que se le atribuye a las heridas. Mientras que para los militares fue una bendición, por sacarles del campo de batalla, para los civiles era una maldición, por el inicio de un proceso hospitalario. El hambre y la sed no dependen de nuestra opinión sobre las mismas. Tal vez la propia naturaleza del dolor –uno que sea verdaderamente incapacitante– exija que los procesos en que se sustenta sean el resultado de un sistema que tome en cuenta más variables.
Si el significado de lo que me pasaba iba a afectar mi experiencia, más valía tener claridad sobre ella. Me interesé en cómo el dolor es susceptible de cambiar en presencia de otros estados mentales. En respuesta a estados de ánimo, creencias, expectativas, representaciones corporales, optimismo, etcétera, el dolor puede mejorar o empeorar. Comencé, entonces, a procurarme un mejor contexto mental. Cultivar la tranquilidad. Evitar pensar lo peor.
Definición médica
El caso del ornitorrinco sugiere que quizás no hay ninguna criatura lo suficientemente paradójica que escape a nuestros poderes clasificatorios o a la tozudez del espíritu científico. Treinta años después de Collins, se supo que este animal tenía unas glándulas mamarias “atípicas”: cubiertas de pelo y diminutas, excepto en tiempo de lactancia. Varias décadas después, William Caldwell, zoólogo de Cambridge, coordinó una matanza de ornitorrincos y equidnas (erizos ovíparos) que permitió obtener más detalles sobre cómo empollan sus huevos.
Tras décadas de pertinaz disputa en las comunidades científicas, de acuerdo con el mejor intento clasificatorio, se precisó el lugar de los ornitorrincos en el orden natural. Estos animales son mamíferos que pertenecen al orden Monotremata, una categoría que agrupa a aquellos que, aun siendo mamíferos, ponen huevos: equidnas y ornitorrincos. La situación de los ornitorrincos ahora es muy distinta. A pesar de que en los siglos XIX y XX estuvieron al borde de la extinción, ahora, gracias a leyes de protección, están a salvo.
El caso de otras bestias paradójicas cuya naturaleza ha sido finalmente aprehendida por nuestra ciencia reviste de optimismo a estas tareas, a la vez que parece plantear otra lección. Quizás la comprensión de lo que sucede en nuestras mentes cuando experimentamos dolor no deba pasar por el intríngulis de hacerlo encajar a la fuerza en una u otra categoría psicológica. De darse así, el costo será la mutilación de la bestia o –peor aún– la mutilación de nuestra comprensión de ella.
Lo más cercano a una clasificación del dolor es la definición que ofrece la Asociación Internacional para el Estudio del Dolor. A pesar de que la original es de 1979, tras una revisión mínima en 2020, se actualizó para identificarlo como “una experiencia sensorial y emocional desagradable asociada o similar a la asociada con daño tisular real o potencial”. Me sorprendió que la definición empleada en el ámbito médico y de la salud es un concepto psicológico que conjuga categorías usuales de la filosofía de la mente: sensación, percepción y emoción. A pesar de ello, la teorización en todos esos campos coincide en que el dolor no encaja completamente, ni de forma exclusiva, en ninguna de las anteriores. Encontré esperanza en la posibilidad de que mi dolor no fuera producto de una columna dañada. Por el contrario, todo apuntaba a que era yo quien asociaba mi experiencia con tal daño hipotético. Ni detección de lesiones, ni percepción de heridas: el dolor no siempre ocurre en presencia del daño, ni tampoco refleja —necesariamente— su gravedad, ni urgencia.
Lo contraintuitivo de nuestra bestia puede producirnos pánico. Buena parte del dolor que experimentamos proviene del miedo que en él mismo se origina. Sin embargo, es posible acercarnos a lo desconocido con una mirada distinta. No como quien encuentra una criatura horrorosa, sino como quien descifra una experiencia fascinante. Duele, sí, pero qué extraño que es. Al afirmarlo, el asombro se torna sobre nosotros mismos, pues es ese el lugar donde ocurre. La rareza que produce el dolor refleja la extrañeza de pensar en nuestra propia naturaleza.
Las verdaderas bestias fantásticas somos tú y yo, las personas dolientes. Los organismos que experimentan dolor hacen efectiva una de las capacidades orgánicas más determinantes, en la medida en que permiten que la vida exista sobre la faz de la Tierra. Quienes lo padecemos, además, nos hemos erigido, por años, sobre el mismo andamiaje corporal, mental, espiritual y social bajo el que, asimismo, existe el dolor. Aún hay constelaciones por descubrir en los universos de nuestros adentros.

Sobre las láminas del Essai d’Anatomie de Gautier D’Agoty
Diseccionar el cuerpo para entenderlo, diseccionar la experiencia del dolor para categorizarla. Las prácticas científicas del siglo xviii no parecen tan alejadas de la estrategia ensayística de David Fajardo Chica. Los mil setecientos significaron un avance médico importante en la observación y descripción de enfermedades, tarea para la cual el estudio del dolor fue un punto de partida indiscutible. El reconocimiento del “dolor útil” y el “dolor inútil”, el estudio de gases precursores de la anestesia y la clasificación de los dolores destacan como temas recurrentes entre los investigadores del cuerpo humano de la época. Quizás este fue el tránsito final entre el principio de generar dolor en pro del conocimiento y el interés científico por el conocimiento del dolor.
En este contexto, Gautier D’Agoty realizó estas ilustraciones del cuerpo humano en 1745 con el método de mezzotinta, una técnica de grabado calcográfico que produce medios tonos y sombras a partir de un fondo negro uniforme. Las láminas hacen parte del Essai d’Anatomie, un atlas extraordinariamente detallado de las áreas de la cabeza, el cuello y los hombros del cuerpo humano, con texto explicativo en francés. Además de la rareza de la técnica, que no era común en archivos científicos sino en reproducciones artísticas, y que cayó en desuso para el siglo xx, las escenas muestran cadáveres diseccionados por Joseph Duverney, anatomista francés conocido por su trabajo en anatomía comparada. También se ganó un nombre por su tratado sobre el oído y por ser el autor de Maladies des os (“Enfermedades de los huesos”), un libro que contiene una descripción de la epónima “fractura de Duverney”, rotura pélvica que se suele presentar tras un golpe directo en el íleon, y la primera descripción completa de la osteoporosis.
—EM




ACERCA DEL AUTOR
(TULUÁ, 1987) Estudia el dolor desde la filosofía y la teoría médica. Se tituló en filosofía en la Universidad del Valle en Colombia. Vive en México, donde se formó como maestro y doctor en filosofía en la unam. Ha impartido conferencias para universidades y hospitales de Chile, Colombia, España, Estados Unidos, México y Reino Unido. Escribe para revistas científicas, culturales y medios de opinión. Este texto es el inicio de su libro Carne doliente (Ariel, 2025). Reproducimos el primer capítulo prescindiendo de los pies de página del original.